miércoles, 27 de julio de 2011

Jenofonte y la marcha de los diez mil.

Parecería mentira, pero en la actualidad seguimos cometiendo algunos errores que se cometieron a en el pasado. Reencontrandome con mis placeres de lectura, desempolvé un libro sobre filosofía e hisoria antigua. Y me maravillé -por enésima vez- con la historia de Jenofonte y la marcha de los diez mil guerreros griegos. Dicen que uno retoma las lecturas cuando éstas quieren dejar alguna enseñanza práctica en nuestras vidas. Yo, al menos, he encontrado varias. Primero lean un pequeño resumen que hice del evento... y luego les expondré mis "moralejas".

En el año 401 a. C., Jenofonte de treinta años de edad, recibió una invitación: un amigo lo invitaba a formar parte de un grupo de soldados griegos para que pelearan como mercenarios a favor de Ciro, hermano del rey persa Artajerjes. Esto era altamente inusual porque griegos y persas habían sido enemigos acérrimos desde mucho tiempo atrás. Jenofonte no era soldado. De hecho había llevado una vida holgada criando caballos y viajando constantemente a Atenas para filosofar con su buen amigo Sócrates, además de vivir de una cuantiosa herencia que le dejo su familia. Pero le gustaba la aventura. Aceptando esta oportunidad podría conocer a Ciro, aprender sobre la guerra y, sobre todo, poder visitar Persia.  Quizás al terminar todo el periplo juntaría su experiencia en un libro. Él no iría como mercenario (era demasiado rico para ello), sino como filósofo e historiador.


Diez mil soldados griegos se unieron a la expedición. Los mercenarios eran un grupo heterogéneo procedente de todos los rincones de Grecia, en pos del dinero y de las aventuras. Y ambas cosas las tuvieron con creces durante algún tiempo. Meses más tarde, ya en el centro de Persia, Ciro admitió su verdadero propósito: marchar sobre Babilonia y desatar una guerra civil para destronar a su hermano y convertirse en rey. Molestos de que se les hubiera engañado, los griegos protestaron y quejaron, pero Ciro les ofreció más dinero y eso los apaciguó.

Los ejércitos de Ciro y Artajerjes se enfrentaron en los llanos de Cunaxa, no lejos de Babilonia. Ciro cayó muerto apenas iniciada la batalla, lo que puso fin rápidamente a la guerra. De un instante a otro, los griegos se vieron en una situación precaria: habiendo combatido en el bando perdedor, muy lejos de casa y rodeados de fuerzas hostiles. Artajerjes les dijo, sin embargo, que no tenía rencillas con ellos. Su único deseo es que salieran lo más pronto posible de su reino. Les envió incluso un emisario, el comandante persa Tisafernes para que los escoltara y aprovisionara. Los mercenarios griegos emprendieron la marcha de dos mil quinientos kilómetros hacia Grecia.

A los pocos días de emprendida la marcha, los griegos tenían nuevos temores: las provisiones recibidas de los persas eran insuficientes y la ruta seleccionada por Tisafernes era muy problemática. Y empezaron a discutir entre ellos. El comandante griego Clearco comunicó las preocupaciones de sus soldados a Tisafernes, quien se mostró compasivo. Clearco debía llevar a sus oficiales a una reunión, al día siguiente, para que llegaran a un acuerdo sin saber que los planes de Tisafernes eran de capturarlos y decapitarlos en ese instante.
A pesar de la emboscada, uno de los oficiales logró escapar y alertó a los griegos de la traición sufrida. Esa noche, el campamento griego parecía desolado. Algunos hombres discutían, otros caían embriagados al suelo. Unos consideraban la posibilidad de huir, pero muertos sus oficiales, se sentían perdidos.

Jenofonte, que se había mantenido al margen durante la expedición, comprendió que la muerte miraba a los griegos cara a cara pero que ellos desperdiciaban su tiempo discutiendo. El problema estaba en su cabeza. Habiendo combatió por dinero más que por un propósito o una causa, e incapaces de distinguir entre amigos y enemigos, se habían extraviado. La barrera entre ellos y su patria no eran los ríos ni las montañas, ni el ejército persa. Era su turbado estado de ánimo.

Jenofonte no quería morir de tan deshonrosa manera. No era militar pero sabía filosofía y conocía el modo de pensar de los hombres. Así que decidió despertar a sus compañeros e iluminar su camino. Convocó a una reunión a todos los oficiales sobrevivientes y expuso su plan:

Declaremos la guerra a los persas sin siquiera decírselos. No más ideas de negociación, ni debates. No perdamos más tiempo discutiendo o acusándonos entre nosotros. Dirijamos cada gramo de nuestra energía contra los persas. Seamos tan inventivos e inspirados como lo fueron en Maratón nuestros ancestros, quienes repelieron a un ejercito persa mucho mayor. Quememos nuestros carretones. Vivamos de la tierra. Actuemos rápido. No nos rindamos ni olvidemos los peligros que nos rodean un solo segundo. Es ellos o nosotros. Vida o muerte. El bien o el mal. A quien trate de confundirnos con arteras palabras o vagas ideas de pacificación, declarémoslo demasiado estúpido y cobarde para estar de nuestro lado y echémoslo. Que los persas nos vuelvan despiadados. Que una sola idea nos consuma: llegar vivos a casa.


Los oficiales comprendieron que Jenofonte tenía razón. Incitados a la acción, los griegos eligieron dirigentes —Jenofonte entre ellos— y emprendieron la marcha a casa. Aunque entre Grecia y ellos quedaban todavía muchas tribus enemigas, ya habían dejado atrás al terrible ejército persa. Tardaron varios años, pero casi todos ellos retornaron vivos a Grecia.

Moralejas:

a) No todo el que dice ser tu amigo... lo es. Cuídate de ellos.
b) Líder no es aquel que sabe mandar cuando las cosas salen bien. Es cuando pareciera que no hay salida que los verdaderos líderes encuentran los caminos e inspiran a los demás a dar lo mejor de sí.

y

c) Si vas a pelear una guerra contra quien sea... asegúrate de ganarla. Si no... vas a tardar un rato en regresar a casa.


Saludos,

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