Hace algunos años, cansado de estar haciendo el mal en el mundo, el diablo decidió poner en venta todas sus herramientas en una increíble subasta. Estaba seguro de que atraería la atención de muchas de las almas más atormentadas del mundo, y él, por fin, podría dedicarse a descansar de todas sus fechorías.
Dispuso un salón amplio, suntuosamente adornado, que daba un marco especial a su extensa y más fina colección de herramientas. Ahí estaban las glamorosas dagas de los celos junto a los martillos del odio. Acomodados en hileras, pulcramente espaciadas, estaban los arcos de la codicia y la venganza, acompañados de las flechas de la lujuria y la envidia.
Todo estaba escrupulosamente etiquetado con su nombre y el precio a pagar.
Al final del gran salón lleno de herramientas, se encontraba una puerta que comunicaba a otro cuarto. Éste, a diferencia del anterior, estaba casi vacío con una mesa en centro que era iluminada por una luz cenital. En ella estaba una caja. Una simple caja que tenía el mayor precio de toda la subasta.
Quienes estaban ayudando a organizar el evento quedaban perplejos ante la gran diferencia de ambos salones. No entendían la diferencia. Es más, les intrigaba al grado de que el más atrevido de ellos, se acercó y le preguntó. El diablo incrustó su mirada en el atrevido personaje. Luego de algunos segundos que parecieron eternos, sonrió irónicamente… puso su brazo sobre el hombro de su compañero y empezó a caminar hacia el cuarto.
— Te voy a explicar. — dijo con voz profunda. En este amplio salón están todas las herramientas que cualquiera puede utilizar pues no se necesita alguna habilidad especial para usarlas. Con ellas puedes obtener cualquier tipo de resultados. Son herramientas burdas. En cambio ésta —señalando la que esta sobre la mesa del cuarto solitario— es la herramienta de todas las herramientas. Es mi consentida. Si puedo entrar en la mente de un humano, y logro introducir en él, el contenido de la caja, puedo manipularlo a mi antojo. No habrá nada que se me resista. Por eso es que es la más cara. No hay nada que se le resista al desaliento...
… y, al decirlo, lo miró fijamente a los ojos y volvió a sonreír, acariciando delicadamente la caja.
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