miércoles, 8 de febrero de 2012

Mi estrella


Anoche no podía dormir. Mi mente estaba ocupada en pensamientos recursivos. Por ello decidí levantarme de mi cama, ir hacia la sala, abrir las cortinas y sentarme a contemplar la lluvia caer. Y ahí estaba viendo el cielo copado de nubes iluminadas por las luces de esta gran ciudad.

Me puse a pensar en lo hermoso que sería ver un cielo estrellado. Y más aún: lo lindo que sería pensar que una estrella del cielo fuera la mía. ¿Cómo sería? ¿Grande? ¿Pequeña? ¿Luminosa? ¿Titilante? ¿Serena? ¿Bonita? ¿Fea? Seguramente sería una estrella que fue colocada en el inicio de los tiempos con sumo cuidado y cariño.

La lluvia cesó y las nubes fueron dando paso a un claro en el cielo.  Y vi una estrella fugaz.

Seguramente fue mi estrella —pensé— ya que Dios la ha de haber pegado con “salivita”.

… y me pude ir a dormir.


sábado, 24 de septiembre de 2011

El tormento de diablo.

Hace algún tiempo llegó a mis manos un libro de Julián Barnes, "Arthur & George". En él hay un relato que me gusta usar.

El diablo andaba ocupándose de sus asuntos y hacía la ronda por el mundo cuando se topó con un grupo de diablillos que estaban atormentando a un santo ermitaño. Utilizaban tentaciones y provocaciones rutinarias que el santo varón resistía sin mucho esfuerzo.

- No se hace así- les dijo. - Yo les mostraré cómo se hace. Miren y aprendan.

Dicho lo anterior, se acercó por detrás al ermitaño y con tono meloso le susurró al oído:

- A tu hermano acaban de nombrarle obispo de Alejandría.

... de inmediato, unos celos feroces ensombrecieron la cara del santo.

- Esta es la mejor manera- dijo a los diablillos, alejándose con una gran sonrisa en el rostro...

Yo lo utilizo como pié de discusión sobre lo que un sentimiento corrosivo, como los celos -o la envidia-, pueden causarnos.  

¿Para qué lo usarías tú?

viernes, 23 de septiembre de 2011

¿Sabemos motivar?


Una de las preguntas más frecuentes que me llegan en mi labor de consultor tiene que ver con la motivación: ¿Cómo motivo a las personas de mi empresa?

Casi siempre les relato la siguiente anécdota…

Un director de empresa que acababa de asistir a un seminario sobre motivación de personal, llamó a un empleado —que, por cierto, era su mejor vendedor y había demostrado su lealtad a la firma por unos 20 años— a su despacho y le dijo:

     De ahora en adelante, se le permitirá a usted planificar y controlar su propio trabajo. Estoy seguro de que hará que aumente su productividad considerablemente.

     ¿Me pagará más? —preguntó el empleado.

     ¡De ningún modo! El dinero no es un elemento motivador. Usted no obtendrá alguna satisfacción de un simple y burdo aumento de sueldo.

     Bueno, pero si aumenta mi productividad, ¿me pagará más? —volvió a preguntar el empleado.

     Mire usted… —dijo el jefe ya con un tono molesto. —Evidentemente usted no entiende la teoría de la motivación. Llévese a casa éste libro sobre motivación y léalo. En él se explica qué es lo que realmente le motiva. 

El empleado tomó un voluminoso libro de las manos de su jefe. Al  momento que salía del despacho volvió sobre sí, y con voz temerosa volvió a preguntar: ¿Y si leo el libro… ¿me pagará más?

Luego los jefes se preguntan el por qué no logran motivar a su personal. Motivar es más que saberse un grupo de teorías y fórmulas. Es más que dar órdenes. Es más que tener aulas donde lleguen oradores a dar discursos encendidos…

Motivar es escucharlos, entenderlos, comprenderlos para saber qué es lo que los motiva. Si escuchamos más y mandamos menos, ellos dirán qué es lo que los motiva.

Simple… ¿verdad?

jueves, 22 de septiembre de 2011

Las herramientas del diablo, en venta.

Hace algunos años, cansado de estar haciendo el mal en el mundo, el diablo decidió poner en venta todas sus herramientas en una increíble subasta. Estaba seguro de que atraería la atención de muchas de las almas más atormentadas del mundo, y él, por fin, podría dedicarse a descansar de todas sus fechorías.

Dispuso un salón amplio, suntuosamente adornado, que daba un marco especial a su extensa y más fina colección de herramientas. Ahí estaban las glamorosas dagas de los celos junto a los martillos del odio. Acomodados en hileras, pulcramente espaciadas, estaban los arcos de la codicia y la venganza, acompañados de las flechas de la lujuria y la envidia.

Todo estaba escrupulosamente etiquetado con su nombre y el precio a pagar.

Al final del gran salón lleno de herramientas, se encontraba una puerta que comunicaba a otro cuarto. Éste, a diferencia del anterior, estaba casi vacío con una mesa en centro que era iluminada por una luz cenital. En ella estaba una caja. Una simple caja que tenía el mayor precio de toda la subasta.

Quienes estaban ayudando a organizar el evento quedaban perplejos ante la gran diferencia de ambos salones. No entendían la diferencia. Es más, les intrigaba al grado de que el más atrevido de ellos, se acercó y le preguntó. El diablo incrustó su mirada en el atrevido personaje. Luego de algunos segundos que parecieron eternos, sonrió irónicamente… puso su brazo sobre el hombro de su compañero y empezó a caminar hacia el cuarto.

— Te voy a explicar. — dijo con voz profunda. En este amplio salón están todas las herramientas que cualquiera puede utilizar pues no se necesita alguna habilidad especial para usarlas. Con ellas puedes obtener cualquier tipo de resultados. Son herramientas burdas. En cambio ésta —señalando la que esta sobre la mesa del cuarto solitario— es la herramienta de todas las herramientas. Es mi consentida. Si puedo entrar en la mente de un humano, y logro introducir en él, el contenido de la caja, puedo manipularlo a mi antojo. No habrá nada que se me resista. Por eso es que es la más cara. No hay nada que se le resista al desaliento...

… y, al decirlo, lo miró fijamente a los ojos y volvió a sonreír, acariciando delicadamente la caja.

miércoles, 27 de julio de 2011

Jenofonte y la marcha de los diez mil.

Parecería mentira, pero en la actualidad seguimos cometiendo algunos errores que se cometieron a en el pasado. Reencontrandome con mis placeres de lectura, desempolvé un libro sobre filosofía e hisoria antigua. Y me maravillé -por enésima vez- con la historia de Jenofonte y la marcha de los diez mil guerreros griegos. Dicen que uno retoma las lecturas cuando éstas quieren dejar alguna enseñanza práctica en nuestras vidas. Yo, al menos, he encontrado varias. Primero lean un pequeño resumen que hice del evento... y luego les expondré mis "moralejas".

En el año 401 a. C., Jenofonte de treinta años de edad, recibió una invitación: un amigo lo invitaba a formar parte de un grupo de soldados griegos para que pelearan como mercenarios a favor de Ciro, hermano del rey persa Artajerjes. Esto era altamente inusual porque griegos y persas habían sido enemigos acérrimos desde mucho tiempo atrás. Jenofonte no era soldado. De hecho había llevado una vida holgada criando caballos y viajando constantemente a Atenas para filosofar con su buen amigo Sócrates, además de vivir de una cuantiosa herencia que le dejo su familia. Pero le gustaba la aventura. Aceptando esta oportunidad podría conocer a Ciro, aprender sobre la guerra y, sobre todo, poder visitar Persia.  Quizás al terminar todo el periplo juntaría su experiencia en un libro. Él no iría como mercenario (era demasiado rico para ello), sino como filósofo e historiador.


Diez mil soldados griegos se unieron a la expedición. Los mercenarios eran un grupo heterogéneo procedente de todos los rincones de Grecia, en pos del dinero y de las aventuras. Y ambas cosas las tuvieron con creces durante algún tiempo. Meses más tarde, ya en el centro de Persia, Ciro admitió su verdadero propósito: marchar sobre Babilonia y desatar una guerra civil para destronar a su hermano y convertirse en rey. Molestos de que se les hubiera engañado, los griegos protestaron y quejaron, pero Ciro les ofreció más dinero y eso los apaciguó.

Los ejércitos de Ciro y Artajerjes se enfrentaron en los llanos de Cunaxa, no lejos de Babilonia. Ciro cayó muerto apenas iniciada la batalla, lo que puso fin rápidamente a la guerra. De un instante a otro, los griegos se vieron en una situación precaria: habiendo combatido en el bando perdedor, muy lejos de casa y rodeados de fuerzas hostiles. Artajerjes les dijo, sin embargo, que no tenía rencillas con ellos. Su único deseo es que salieran lo más pronto posible de su reino. Les envió incluso un emisario, el comandante persa Tisafernes para que los escoltara y aprovisionara. Los mercenarios griegos emprendieron la marcha de dos mil quinientos kilómetros hacia Grecia.

A los pocos días de emprendida la marcha, los griegos tenían nuevos temores: las provisiones recibidas de los persas eran insuficientes y la ruta seleccionada por Tisafernes era muy problemática. Y empezaron a discutir entre ellos. El comandante griego Clearco comunicó las preocupaciones de sus soldados a Tisafernes, quien se mostró compasivo. Clearco debía llevar a sus oficiales a una reunión, al día siguiente, para que llegaran a un acuerdo sin saber que los planes de Tisafernes eran de capturarlos y decapitarlos en ese instante.
A pesar de la emboscada, uno de los oficiales logró escapar y alertó a los griegos de la traición sufrida. Esa noche, el campamento griego parecía desolado. Algunos hombres discutían, otros caían embriagados al suelo. Unos consideraban la posibilidad de huir, pero muertos sus oficiales, se sentían perdidos.

Jenofonte, que se había mantenido al margen durante la expedición, comprendió que la muerte miraba a los griegos cara a cara pero que ellos desperdiciaban su tiempo discutiendo. El problema estaba en su cabeza. Habiendo combatió por dinero más que por un propósito o una causa, e incapaces de distinguir entre amigos y enemigos, se habían extraviado. La barrera entre ellos y su patria no eran los ríos ni las montañas, ni el ejército persa. Era su turbado estado de ánimo.

Jenofonte no quería morir de tan deshonrosa manera. No era militar pero sabía filosofía y conocía el modo de pensar de los hombres. Así que decidió despertar a sus compañeros e iluminar su camino. Convocó a una reunión a todos los oficiales sobrevivientes y expuso su plan:

Declaremos la guerra a los persas sin siquiera decírselos. No más ideas de negociación, ni debates. No perdamos más tiempo discutiendo o acusándonos entre nosotros. Dirijamos cada gramo de nuestra energía contra los persas. Seamos tan inventivos e inspirados como lo fueron en Maratón nuestros ancestros, quienes repelieron a un ejercito persa mucho mayor. Quememos nuestros carretones. Vivamos de la tierra. Actuemos rápido. No nos rindamos ni olvidemos los peligros que nos rodean un solo segundo. Es ellos o nosotros. Vida o muerte. El bien o el mal. A quien trate de confundirnos con arteras palabras o vagas ideas de pacificación, declarémoslo demasiado estúpido y cobarde para estar de nuestro lado y echémoslo. Que los persas nos vuelvan despiadados. Que una sola idea nos consuma: llegar vivos a casa.


Los oficiales comprendieron que Jenofonte tenía razón. Incitados a la acción, los griegos eligieron dirigentes —Jenofonte entre ellos— y emprendieron la marcha a casa. Aunque entre Grecia y ellos quedaban todavía muchas tribus enemigas, ya habían dejado atrás al terrible ejército persa. Tardaron varios años, pero casi todos ellos retornaron vivos a Grecia.

Moralejas:

a) No todo el que dice ser tu amigo... lo es. Cuídate de ellos.
b) Líder no es aquel que sabe mandar cuando las cosas salen bien. Es cuando pareciera que no hay salida que los verdaderos líderes encuentran los caminos e inspiran a los demás a dar lo mejor de sí.

y

c) Si vas a pelear una guerra contra quien sea... asegúrate de ganarla. Si no... vas a tardar un rato en regresar a casa.


Saludos,

domingo, 24 de julio de 2011

El motín del Caine y las empresas.

¿Podemos aprender de una película bélica de mediados del siglo XX algo que valga la pena para ser usado en nuestras empresas? Yo soy de los que creen que sí.

Un tema de interés en mi vida profesional ha sido la longevidad de las empresas y cómo alcanzarla. Cada día estoy más convencido de que ello se logra teniendo un equipo directivo que pueda mantener el equilibrio entre el control y la flexibilidad.

Sin embrago, lo normal es que las empresas empiecen a ser artríticas y cada vez más pesadas y difíciles de mover. Por lo tanto, quedan sin la capacidad de poder realizar cambios ante los movimientos de sus mercados o las mejoras que pueden traer las innovaciones tecnológicas. Casi todo expresado con la frase: ¿Para qué hacer cosas distintas si así lo hemos hecho desde hace mucho tiempo?.

Cuando las políticas, normas y sistemas toman el control de las operaciones, la flexibilidad es la que sufre. En un afán de querer controlar en absoluto todo lo el movimiento que ocurre en la empresa, lo que se logra es una reducción acentuada de la misma... hasta que se detiene y, por tanto, muere. Un ejemplo de esto se refleja en la película El motín del Caine (1956). En la película ella, un grupo de oficiales relevan del mando a su Capitán cuando interpretan que él ya no se encuentra en condiciones de poder seguir al mando del barco. Más que una historia de guerra típica, es una historia de de orden moral y pone en escena la legitimidad de los oficiales al amotinarse.

El capitán Queeg -interpretado por Humphrey Bogart- al querer imponer una férrea disciplina a un dragaminas que nunca había entrado en batalla, que estaba a punto de desarmarse y cuyo Capitán anterior permitía a la tripulación no observar ciertas directrices de la armada, encuentra una creciente animadversión hacia su persona y una creciente baja de moral por parte de su equipo. El tercer oficial habla con el segundo oficial para tratar de convencerle que piense en la forma de quitar a Queeg del mando. Hasta le da el número del artículo del manual de guerra en el que se especifican las condiciones para relevar a un comandante de su cargo.  El oficial Keefer -segundo al mando- empieza a escribir un diario para llevar constancia escrita de las actitudes del capitán.

Un incidente que logra unificar el criterio de todos los oficiales, es cuando el capitán los llama para discutir sobre quién se comió las últimas raciones de fresas que otro barco les habían regalado.  En pleno ejercicio de guerra, Queeg pide a sus oficiales que no duerman hasta que encuentren al culpable de haberse comido -sin permiso- las fresas.

Luego de un par de incidentes más, en los cuales se nota que Queeg no se encuentra en posibilidades de mandar y que puede poner en serio riesgo al barco junto con su tripulación durante una tormenta por tifón, el segundo oficial Keefer, lo releva del mando. Al llegar a puerto, es enviado a consejo de guerra.  Ahí, el tercer oficial, niega su conocimiento e intervención en el incidente poniendo, con esto, en riesgo la posible sentencia absolutoria del cargo de motín -y por tanto de la horca- a Keefer.

¿Qué tiene que ver todo lo anterior con la empresa?

Cuando las empresas comienzan a dar síntomas de envejecimiento, los procesos y sistemas de la misma comienzan a ser más importantes que la propia actividad que dio origen a la empresa. El equipo directivo es presionado a lograr objetivos específicos que, si no se logran, son el argumento principal para ser separados de sus puestos.

Un fenómeno recurrente en esta etapa es cuando la Dirección, o su equipo directivo, comienzan a recordarles a todos que ellos son los jefes y que nadie los debe cuestionar por lo que hacen o dicen. Estas actitudes terminan por matar las iniciativas de los demás. Es mejor no moverse, no decir, no hacer. De esa manera, nadie sale herido. Nadie pierde su trabajo... al menos por un tiempo antes de que la empresa pierda su capacidad de sobreviviencia. Peor aún, cuando alguno de los pocos creativos que quedan en la empresa comienza a moverse y, lógicamente, se mete en problemas, sus colegas terminan por traicionarlo y dejarlo solo. Las traiciones y la política comienza a ser más importante que vender.

Me ha tocado ver ésta sobre dosis de insatisfacción gerencial. Un administrador general de una empresa se regodeaba diciéndome: ¿Cambiar? Claro que queremos que la empresa cambie... siempre y cuando yo diga cuál sea el cambio... y para mí todo está bien. Aquí el mejor vendedor soy yo. El mejor cobrador, soy yo. El mejor chofer, soy yo. Yo le tengo que recordar a todos, 3 ó 4 veces en cada orden, que yo soy el que manda. Sin mí, ésta empresa no puede continuar... no puede vivir.  Yo escuchaba atónito. A mi todavía me sorprenden esas personas solares que creen que el universo gira en torno suyo. Más me sorprendí cuando yo me dí cuenta de que uno de sus colaboradores estaba a unos metros de nosotros escuchando también lo que él decía. Sus ojos expresaban una cierta dosis de coraje envuelto en tristeza. ¿Qué podría hacer alguien con un jefe que se expresa así de todos sus colaboradores? Yo creo que no mucho... hasta que se decidan a ejercer un acto casi heroico...

... y si el jefe no es el dueño del negocio, hacerle un motín.

viernes, 15 de julio de 2011

Un grito en silencio


(Escrito originalmente el 08-08-2010 y me sirvió para ejemplificar lo que producen los juicios)

En esta semana escuché en dos ocasiones la misma despectiva frase: pero que tipo tan imbécil al no querer vender lo que tiene. Ambas veces me indigné y traté, con toda la paciencia del mundo, exponer mi opinión al respecto… pero no pude. Terminé callando. Estoy de acuerdo en que en una sociedad como en la que vivimos, materialista a ultranza, el negarse a vender sea una especie de herejía. Pero ¿lo es?

Cuando estaba pequeño, un día visité un pequeño pueblito enclaustrado en la mitad de la huasteca potosina. Era domingo —día de mercado— y la plaza central estaba toda llena de colores, olores e imágenes de fiesta. Mi padre iba a conseguir naranjas agrias para hacer con ellas una pata de venado a la naranja para la cena de navidad como era tradicional en mi familia. Llegamos al único puesto que tenía de ese tipo de naranjas y mi padre expresó a la señora adusta que atendía que quería llevárselas todas. En su español la señora sólo dijo que no vendía todo porque sino ¿qué vendía?  Mi padre sonrió y le dijo que regresaría en un rato. Yo me quedé perplejo. ¿Regresaríamos? ¿De verdad regresaríamos?

Un par de horas más tarde, regresamos al puesto y la señora gustosa nos vendió todas las naranjas y hasta nos regaló un sabrosísimo queso fresco.

Ya de ida en el auto hacia Tampico —mi ciudad natal— no pude contenerme de preguntarle a mi padre lo que había presenciado y más su reacción. Con su acostumbrada sonrisa y su mirada de ternura, mi padre me explicó:

—Los indígenas son personas muy inteligentes y trabajadoras. Claro, trabajan y piensan diferente de nosotros. Ellos se pasan trabajando de sol a sol toda la semana. Y es el domingo, el día del mercado, el que tienen para ponerse en contacto con los demás. El venir a intercambiar sus frutas, legumbres, tejidos, cazuelas, es sólo un pretexto para ver a otros y enterarse de las cosas que suceden en su mundo. Cuando la señora me dijo que ¿qué vendería? Lo que me estaba expresando es que ella perdería su derecho de estar en el mercado y, por lo tanto, tendría que irse. Yo la escuché… y la entendí. Estamos de vacaciones y teníamos tiempo para saborear el paisaje… así que por ello regresamos.

La explicación se me ha quedado grabada… y cada que escucho que alguien se expresa así de un vendedor indígena, recuerdo este ejemplo. 

Cuánta falta nos hace acercarnos a nuestras raíces… y a nuestro pueblo. A veces eso me hace querer gritar… aunque sea en silencio.