(Escrito originalmente el 08-08-2010 y me sirvió para ejemplificar lo que producen los juicios)
En esta semana escuché en dos ocasiones la misma despectiva frase: pero que tipo tan imbécil al no querer vender lo que tiene. Ambas veces me indigné y traté, con toda la paciencia del mundo, exponer mi opinión al respecto… pero no pude. Terminé callando. Estoy de acuerdo en que en una sociedad como en la que vivimos, materialista a ultranza, el negarse a vender sea una especie de herejía. Pero ¿lo es?
Cuando estaba pequeño, un día visité un pequeño pueblito enclaustrado en la mitad de la huasteca potosina. Era domingo —día de mercado— y la plaza central estaba toda llena de colores, olores e imágenes de fiesta. Mi padre iba a conseguir naranjas agrias para hacer con ellas una pata de venado a la naranja para la cena de navidad como era tradicional en mi familia. Llegamos al único puesto que tenía de ese tipo de naranjas y mi padre expresó a la señora adusta que atendía que quería llevárselas todas. En su español la señora sólo dijo que no vendía todo porque sino ¿qué vendía? Mi padre sonrió y le dijo que regresaría en un rato. Yo me quedé perplejo. ¿Regresaríamos? ¿De verdad regresaríamos?
Un par de horas más tarde, regresamos al puesto y la señora gustosa nos vendió todas las naranjas y hasta nos regaló un sabrosísimo queso fresco.
Ya de ida en el auto hacia Tampico —mi ciudad natal— no pude contenerme de preguntarle a mi padre lo que había presenciado y más su reacción. Con su acostumbrada sonrisa y su mirada de ternura, mi padre me explicó:
—Los indígenas son personas muy inteligentes y trabajadoras. Claro, trabajan y piensan diferente de nosotros. Ellos se pasan trabajando de sol a sol toda la semana. Y es el domingo, el día del mercado, el que tienen para ponerse en contacto con los demás. El venir a intercambiar sus frutas, legumbres, tejidos, cazuelas, es sólo un pretexto para ver a otros y enterarse de las cosas que suceden en su mundo. Cuando la señora me dijo que ¿qué vendería? Lo que me estaba expresando es que ella perdería su derecho de estar en el mercado y, por lo tanto, tendría que irse. Yo la escuché… y la entendí. Estamos de vacaciones y teníamos tiempo para saborear el paisaje… así que por ello regresamos.
La explicación se me ha quedado grabada… y cada que escucho que alguien se expresa así de un vendedor indígena, recuerdo este ejemplo.
Cuánta falta nos hace acercarnos a nuestras raíces… y a nuestro pueblo. A veces eso me hace querer gritar… aunque sea en silencio.
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