domingo, 24 de julio de 2011

El motín del Caine y las empresas.

¿Podemos aprender de una película bélica de mediados del siglo XX algo que valga la pena para ser usado en nuestras empresas? Yo soy de los que creen que sí.

Un tema de interés en mi vida profesional ha sido la longevidad de las empresas y cómo alcanzarla. Cada día estoy más convencido de que ello se logra teniendo un equipo directivo que pueda mantener el equilibrio entre el control y la flexibilidad.

Sin embrago, lo normal es que las empresas empiecen a ser artríticas y cada vez más pesadas y difíciles de mover. Por lo tanto, quedan sin la capacidad de poder realizar cambios ante los movimientos de sus mercados o las mejoras que pueden traer las innovaciones tecnológicas. Casi todo expresado con la frase: ¿Para qué hacer cosas distintas si así lo hemos hecho desde hace mucho tiempo?.

Cuando las políticas, normas y sistemas toman el control de las operaciones, la flexibilidad es la que sufre. En un afán de querer controlar en absoluto todo lo el movimiento que ocurre en la empresa, lo que se logra es una reducción acentuada de la misma... hasta que se detiene y, por tanto, muere. Un ejemplo de esto se refleja en la película El motín del Caine (1956). En la película ella, un grupo de oficiales relevan del mando a su Capitán cuando interpretan que él ya no se encuentra en condiciones de poder seguir al mando del barco. Más que una historia de guerra típica, es una historia de de orden moral y pone en escena la legitimidad de los oficiales al amotinarse.

El capitán Queeg -interpretado por Humphrey Bogart- al querer imponer una férrea disciplina a un dragaminas que nunca había entrado en batalla, que estaba a punto de desarmarse y cuyo Capitán anterior permitía a la tripulación no observar ciertas directrices de la armada, encuentra una creciente animadversión hacia su persona y una creciente baja de moral por parte de su equipo. El tercer oficial habla con el segundo oficial para tratar de convencerle que piense en la forma de quitar a Queeg del mando. Hasta le da el número del artículo del manual de guerra en el que se especifican las condiciones para relevar a un comandante de su cargo.  El oficial Keefer -segundo al mando- empieza a escribir un diario para llevar constancia escrita de las actitudes del capitán.

Un incidente que logra unificar el criterio de todos los oficiales, es cuando el capitán los llama para discutir sobre quién se comió las últimas raciones de fresas que otro barco les habían regalado.  En pleno ejercicio de guerra, Queeg pide a sus oficiales que no duerman hasta que encuentren al culpable de haberse comido -sin permiso- las fresas.

Luego de un par de incidentes más, en los cuales se nota que Queeg no se encuentra en posibilidades de mandar y que puede poner en serio riesgo al barco junto con su tripulación durante una tormenta por tifón, el segundo oficial Keefer, lo releva del mando. Al llegar a puerto, es enviado a consejo de guerra.  Ahí, el tercer oficial, niega su conocimiento e intervención en el incidente poniendo, con esto, en riesgo la posible sentencia absolutoria del cargo de motín -y por tanto de la horca- a Keefer.

¿Qué tiene que ver todo lo anterior con la empresa?

Cuando las empresas comienzan a dar síntomas de envejecimiento, los procesos y sistemas de la misma comienzan a ser más importantes que la propia actividad que dio origen a la empresa. El equipo directivo es presionado a lograr objetivos específicos que, si no se logran, son el argumento principal para ser separados de sus puestos.

Un fenómeno recurrente en esta etapa es cuando la Dirección, o su equipo directivo, comienzan a recordarles a todos que ellos son los jefes y que nadie los debe cuestionar por lo que hacen o dicen. Estas actitudes terminan por matar las iniciativas de los demás. Es mejor no moverse, no decir, no hacer. De esa manera, nadie sale herido. Nadie pierde su trabajo... al menos por un tiempo antes de que la empresa pierda su capacidad de sobreviviencia. Peor aún, cuando alguno de los pocos creativos que quedan en la empresa comienza a moverse y, lógicamente, se mete en problemas, sus colegas terminan por traicionarlo y dejarlo solo. Las traiciones y la política comienza a ser más importante que vender.

Me ha tocado ver ésta sobre dosis de insatisfacción gerencial. Un administrador general de una empresa se regodeaba diciéndome: ¿Cambiar? Claro que queremos que la empresa cambie... siempre y cuando yo diga cuál sea el cambio... y para mí todo está bien. Aquí el mejor vendedor soy yo. El mejor cobrador, soy yo. El mejor chofer, soy yo. Yo le tengo que recordar a todos, 3 ó 4 veces en cada orden, que yo soy el que manda. Sin mí, ésta empresa no puede continuar... no puede vivir.  Yo escuchaba atónito. A mi todavía me sorprenden esas personas solares que creen que el universo gira en torno suyo. Más me sorprendí cuando yo me dí cuenta de que uno de sus colaboradores estaba a unos metros de nosotros escuchando también lo que él decía. Sus ojos expresaban una cierta dosis de coraje envuelto en tristeza. ¿Qué podría hacer alguien con un jefe que se expresa así de todos sus colaboradores? Yo creo que no mucho... hasta que se decidan a ejercer un acto casi heroico...

... y si el jefe no es el dueño del negocio, hacerle un motín.

1 comentario:

  1. Mi estimado Lalothier, me encanta el término de "personas solares", aunque a veces son más como "agujeros negros", que no dejan salir ni la luz, es decir, que las cosas salgan a la luz.

    ResponderEliminar